Presentamos a Eloy Gonzalo

¡Muy buenas! Soy Eloy, hijo de la Inclusa de Mesón de Paredes, donde mi verdadera madre, Luisa, tuvo que dejarme una fría noche de diciembre de 1868. Desde los 11 años me ha dado tiempo a ser albañil, labrador, carpintero y barbero. Dicen que soy guapete, de pelo castaño y ojos azules, soy de los más altos, casi 1,75, aunque he sufrido mucho en la vida.

Me alisté en el ejército, pero el 19 de febrero de 1895 me sometieron a un consejo de guerra en el que me condenaron a doce años de prisión militar y me llevaron al penal de Valladolid. Gracias a la Virgen de la Almudena solo estuve dos meses y pude volver a alistarme, por no tener delitos de sangre, como voluntario a la guerra de Cuba. En noviembre de ese mismo año, embarqué en La Coruña en el vapor León XIII, donde celebré mi vigesimoséptimo cumpleaños. Tras un mes de travesía, desembarcamos en La Habana el 9 de diciembre.

La lucha fue muy dura, pero el principal acontecimiento por el que toda España me recuerda sucedió en el verano de 1896, es que una multitud de mambises cubanos atacaron nuestro fuerte de la ciudad de Cascorro con más de dos mil hombres, y mantuvieron cercada a toda nuestra compañía durante un asedio de trece días.

El 26 de septiembre de 1896 la situación de nuestro destacamento era desesperada y la única solución era volar el bohío desde el que nos asediaban. Se me ocurrió presentarme como voluntario para prender fuego a la posición del enemigo llevando una lata de petróleo. Lo único que se me pasaba por la imaginación era mi sueño de volver a España y por eso se me ocurrió atarme con una cuerda para que, si moría, pudieran recuperar mi cuerpo. Gracias a Dios, salí con vida y días después fuimos liberados y yo condecorado con la Cruz de Plata al Mérito Militar y pre miado con una pensión de la que poco pude aprovecharme… ¡casi 8 pesetas al mes!

La mala alimentación de nuestro ejército parece que causó las infecciones que me llevarían a la muerte el 18 de junio de 1897 en el Hospital Militar de Matanzas. Y sí, cumplí mi sueño de volver a España, aunque tuve que esperar más de un año hasta que, por orden de la mismísima Reina María Cristina, llegué a Santander en compañía de los generales Santocildes y Vara de Rey. Ahora mis restos reposan eternamente en mi patria y
una estatua muy pintona que hizo Aniceto Marinas hace que la gente me recuerde desde lo alto de la colina del Rastro.

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