La mujer de la curva aparece en El Rastro

Homenaje a Carmen Cervera Giralt creadora de miles de muñecas de los años 50 y 60 que poblaron los juegos de nuestra infancia y los puestos y tiendas de nuestro mercado y que falleció el 31 de diciembre de 2022 a los 106 años.

Y la mañana empezó cubierta en un gris y ventoso mayo que acababa de comenzar. Calores y fríos desorganizaban los armarios y los cuerpos. Se presentaba como una jornada más, pero al remontar la empinada cuesta, justo a la vuelta en la calle del Carnero, un cartel destacaba pegado sobre los ladrillos y en él se reproducía una curiosa imagen. No sé por qué, pero me resultaba familiar, creí que ya la había visto anteriormente. Se trataba de un retrato atemporal, de una mujer de edad indefinida, ajada, carente de estilo, junto a un bodegón y una muñequilla que reposaba en el fondo de la chimenea. El sol quemaba el negro diluyéndolo en blanco. No entendía muy bien el significado de aquella foto ni la razón de que decorase las paredes de aquel laberinto de calles de mi querido Rastro. Así quedó la cosa, como una anécdota que la rutina diaria almacenó en el fondo de mi memoria.

No había llegado aún el 40 de mayo, cuando un día entró en el café Doña Antonia excitada y extrañada preguntándonos si sabíamos quién era el propietario de la tienda en cuya pared aparecía tal peculiar reproducción. Sorprendido, le pregunté por qué tenía tanto interés y me respondió, en un tono arrogante, que se trataba ni más ni menos que de su abuela paterna, Doña María Magdalena de Todos los Santos y Hernández de Bobadillo.

«¿Está usted segura?» —Inquirí nervioso. «¡Totalmente! Es más, la muñeca era de mi prima Carmen y jugábamos con ella de pequeñas. Incluso le hicimos un pequeño vestido, pintándola con la barra de labios que le habíamos quitado a la hija de la vecina.» — respondió agitada.

Le seguí preguntando si sabía de qué año podría ser y haciendo cábalas se retrotrajo a 1952: «un 25 de julio, el día de Santiago, que cayó en viernes. Me acuerdo perfectamente por el calor y porque aquel día Secundino, el fotógrafo de Navalcarnero, famoso porque había conocido al famoso Alfonso, su colega de la calle Toledo 63, vino a casa con una gran jarra de limonada y, entre sorbo y sorbo, mi abuela, que llegaba de la procesión, fue inmortalizada en dicha guisa. El bodegón lo tiene mi primo Luis y está firmado por un tal M. Hernández, que siempre sospechamos que podría ser una gran obra. Su vestido negro era el de los domingos y los funerales, siempre lo llevaba a misa de 12 manchado con las gotas de agua bendita.» «Eso quiere decir algo» —le comenté.

«¡Pues mejor que no diga nada, porque menuda era!» — exclamó. Ella solo quería saber de dónde había salido la foto porque no estaba dispuesta a tener presente esa continua pesadilla cada vez que salía de su puerta.

«¿Pero por qué tiene usted esa preocupación?» —pregunté ya intrigado
por tanta agitación.

«Mira, tuvo seis hijos, cuatro fallecieron, yo creo que los hijos los perdió por la maldición de la Rosario, a la que acusaba de hacerle
ojitos a su marido. Y mucho ir a la iglesia, pero ni sabía dónde estaban enterrados ni recordaba siquiera sus nombres. A Eustaquio, su costilla de toda la vida, le tenía de los nervios y solo encontraba refugio en un vino de pitarra pasado y descolorido, y lo menos que esperaba era tenerla ahora en mi memoria.» —fue su excitada respuesta antes de salir disparada.

Me quedé pensativo y me pregunté: «¿por qué está esta mujer en mis calles? ¿y si buscaba algo?». Siempre he creído que, cuando alguien se muere, sus cosas vuelven al Rastro. ¿Quizás aquel pelapatatas que le había resuelto las horas de la cocina? ¿El velo de encaje de blonda y la chelina que le daba un toque de poderío en su gala dominical? ¿Y si fuera el rosario de los mercedarios descalzos que había pasado de una familia a otra y que en su día había llevado el santo varón Fray Ceferino Saavedra, cuyos restos se apilaban detrás de los andenes de la cercana estación de metro de Tirso de Molina esperando siglos para salir de la cautividad? ¿Y si detrás de los ladrillos o en los cimientos de la casa se encontraban los osarios donde habían ido a parar sus pequeños?

Este domingo he vuelto al Rastro y, fragmentada y cubierta por una estantería, he vuelto a ver la fotografía. Después, curioseando por las tiendas, en una de ellas, he visto la muñeca. Me ha parecido la misma de la foto. Le he preguntado al vendedor si podía cogerla. Aparecía una marca, “Lily” de Carmen Giralt. He comparado las imágenes y he observado que no era la misma, pero al investigar sobre ese mundo infantil he descubierto que tenía dos hermanos una que se llamaba Gisela y otro Guni, y éste sí que era. Pero la terrible noticia es que su autora, Carmen Cervera Giralt, había fallecido el 31 de diciembre de 2022 a los 106 años, justo el día en que quizás fue colocado el cartel.

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