Carta sobre El Rastro

EL RASTRO

(Señal, resto, huella que queda de algo).

Fuera por los restos de la sangre derramada, fuera por la huella sobre tierras de labranza, como si el mismo San Isidro las hubiera rastrillado, sea como fuere, ese nombre impregna un barrio y un mercado único.

Su historia se remonta a las cédulas reales del siglo XV que autorizaban sus mercados de reses, extramuros; vías y salidas principales, cerca del río, asentaron en Vara del Rey el Matadero Viejo (1491-1622). Más tarde, la capitalidad que en 1561 otorgó a Madrid el monarca Felipe II, haría que la ciudad creciera, demandando nuevos servicios y creando el Matadero del Cerrillo (Plaza de Vara del Rey 1589-1836).

Carneros y curtidores sembraron estas tierras de esos restos y oficios, escritos en sus calles por mondongueros e intestinos, callos y despojos, pieles y sebo, tratantes y mercaderes.

Aunque no sería hasta finales del siglo XVI cuando prenderas, mercaderes, modistillas o baratilleras empezaran a poblar sus adoquines con otros sabores, otros aromas, otros gritos…

Desde las cuerdas de tripa que hacían vibrar las guitarras, a las guardas y cubiertas de los libros, desde las velas al jabón, todo cobraba una nueva dimensión, convirtiendo en marca propia este singular mercado.

Un Madrid castizo e infinito, donde todo se dispersa y desorganiza; la otra cara del Prado, donde encontrar lienzos nunca expuestos, cartas de amor jamás leídas, ajuares doblados en arcones y nunca mancillados, linos teñidos de moho y amarillo, mantones apolillados, exóticas chinerías…

Un romanticismo para descubrir duelos, la reencarnación de los objetos y de la vida, ríos llenos de cosas y de manos en busca de otras manos.

Entre las campanas de La Paloma y San Cayetano, sus calles se convierten en una ceremonia laica, resistiendo a los siglos y a las guerras; empinadas cuestas donde ya casi no cantan los canarios que animaban sus mañanas, con su olor a sardinas y churros, lugar de encuentro y de paseos donde aún resuenan los pasos ficticios de los personajes de Galdós.

Mi adolescencia son recuerdos de olores prohibidos en los rincones de la Bobia, de crestas y tribus de los 80, de gritos de libertad, de besos escondidos, de barquillos y amalgama de antiguallas, de artesanos…

Añoro esa nueva ventana que se abría los a artistas, a los diseñadores, a la moda, a la provocación… y deseo que sus calles vuelvan a abrirse a esta nueva generación de creadores.

Pero El Rastro es también un barrio, donde los vecinos y sus tiendas forman una simbiosis centenaria; no es solo un mercado matinal de domingos, son decenas de almonedas y tiendas donde encontrar los sueños, llenos de recuerdos y de historias donde recrear películas y vestuarios, y miles de objetos que abandonaron sus dueños o herederos y se escondieron en el laberinto de sus calles.

Libros que pertenecieron a otros grandes novelistas, apuntes de premios Nobel, bocetos de grandes pintores y dibujantes, esculturas perdidas y fragmentadas, modelos de alta costura que fueron a parar a las aceras…Miles de anécdotas, piezas vendidas y de nuevo encontradas; y el mundo de los coleccionistas, buscando ilusiones y la última pieza imposible y codiciada, hasta que aparezca la siguiente.

Todo al final desemboca allí, como los ríos al mar, una gran corriente de cosas enterradas, desempolvadas, ocultas, descubiertas…

Un gran tesoro hecho de retales de toda una vida.

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